martes, 24 de diciembre de 2019

LA ÚLTIMA LIBERTAD (FINAL)


Os comparto la última parte del relato. Espero que lo disfrutéis y que me dejéis vuestras impresiones en los comentarios.
Gracias por leer.



Viena, 11 de julio de 1945

Querida Helena:
Si hubiera sabido que mis cartas iban dirigidas a un fantasma, que ya no vivías incluso antes de que acabara la guerra, no sé qué hubiera hecho. Encontrarte era la llama que mantenía encendida mi esperanza. Cuando esta tarde leí la carta del centro judío en la que me informaban que no habías sobrevivido, un viento helado barrió de mi interior aquel minúsculo fuego.
            Ahora, ¿qué me queda? Si no estás tú, ¿a quién me une ya mi vida? Apenas me quedan fuerzas para seguir ejerciendo de médico. El apoyo de mi hermano no es suficiente. No sé si seré capaz de superar tanto dolor, si podré convivir con tantas heridas. ¿Cómo perdonar el daño y la atrocidad que nos hemos hecho? El rabino Samuel dice que necesitamos perdonar para seguir adelante, que perdonar no es olvidar, sino superar el dolor. “No ancles el sufrimiento a tu vida, Franz, libérate de esos terribles sentimientos”, me dice, pero me es imposible hacerlo si no comprendo el porqué de nuestro sufrimiento.
            Toda la tarde he estado sentado frente al escritorio con la carta abierta sobre la mesa, sin hacer nada, con la cabeza hundida entre mis manos, viendo cómo la luz del sol se apagaba para cubrir de sombras la habitación. Ni siquiera he encendido la lámpara. Las palabras del rabino resonaban en mi mente, aunque seguía sin hallar consuelo en ellas, sino más desolación y tristeza. Buscaba en mi interior alguna razón para continuar viviendo, alguna minúscula luz que me guiara a hacerlo, pero he olvidado cómo era levantarse con una ilusión cada día, cómo era sentirse feliz.
            Mis dedos jugaban con una llave pequeña que abría el tercer cajón del escritorio. La había guardado tras el marco de nuestra foto de boda, por eso nadie la había encontrado a pesar de los saqueos. En ese cajón escondía un revólver, nunca te lo había dicho. Lo guardaba para protegernos sin pensar que llegaría a utilizarlo algún día. En la penumbra del anochecer, abrí el cajón y tanteé en su interior hasta rozar la culata fría del revólver. Así el arma con la determinación de acabar con mi sufrimiento. En el momento de extraerla, rocé con mi mano otro objeto: algo metálico, alargado y fino, que llamó mi curiosidad. No sin cierto esfuerzo, mis dedos se deslizaron hacia ese otro objeto y al tacto me percaté de lo que era: la estilográfica que me regalaste por nuestro primer aniversario y que permanecía allí sin estrenar.
            El escozor de una lágrima me hizo cerrar los ojos con fuerza mientras una fugaz pregunta cruzó mi mente. ¿Qué escoger: el revólver o la pluma? No sé si fue cobardía, resignación o abatimiento lo que me impulsó en último instante a olvidar el arma, tomar la pluma y escribir esta carta que nunca leerás.
            Desconozco que será de mí en el futuro o cuántas ocasiones me planteará la vida en las que tendré que elegir entre el revólver o la pluma. Lo que sí sé es que los castaños de la avenida florecerán cada año, la noria volverá a dar vueltas y llenar de risas el parque, el mirlo se posará cada tarde en nuestra ventana y yo seguiré volviendo a casa, a escribir miles de cartas que las cenizas del tiempo sepultarán para quedar en el olvido. Espero que sepas perdonarme por tardar en reunirme contigo. Descansa en paz, Helena, y acuérdate de mí desde el Paraíso o donde quiera que estés.

                                                                                  Eternamente tuyo, 
                                                                                  Franz.




viernes, 9 de agosto de 2019

LA ÚLTIMA LIBERTAD (PARTE DOS)


Aquí os dejo la segunda parte del relato La última libertad para que la disfrutéis en estos días veraniegos.


Viena, 30 de junio de 1945

Querida Helena:
Cada día se me hace más largo en tu ausencia. No saber de tu paradero, si sigues viva, si estás enferma o quizás, ya muerta, me corroe las entrañas como vinagre en una herida abierta. Hoy me he obligado a escribirte esta carta para seguir avivando la esperanza de encontrarte. A veces dudo para quién escribo esto, si para ti, Helena, o solo para mí mismo.
Ayer salí a pasear para alejar de mi mente estos negros pensamientos que me invaden. ¡Si supieras cómo ha quedado nuestra ciudad natal, no la reconocerías! Viena se ha convertido en una ciudad desolada y triste. Donde antes paseabas entre edificios elegantes, ahora solo encuentras ruinas y fantasmas. Solo en los parques, si te sientas bajo los árboles, puedes respirar un poco de calma y soledad. Me resulta curioso cómo la vida ha seguido su curso a pesar de la guerra. Los castaños de la gran avenida del Prater alzan alegres, ufanos, sus ramas rebosantes de flores y hojas.
Seguro que te estás preguntando por el parque de atracciones. La noria está medio derruida a causa de los bombardeos, aunque, ante mi sorpresa, encontré el carrusel intacto. Me senté en el banco frente al quiosco de golosinas, ahora cerrado, paladeando en mi mente el algodón de azúcar que nos gustaba compartir los domingos. ¿Recuerdas nuestro primer aniversario de boda? Vinimos aquí a celebrarlo. Montados en la noria, volvimos a ser niños que miraban por primera vez la ciudad desde arriba, asombrados por la belleza que nos rodeaba sin saberlo: los árboles, el río, los puentes, los palacios… Todo resplandecía de vida, frescor y juventud. Una veintena de globos pasó volando junto a nosotros, coloreando el cielo de naranja, azul, verde, violeta… “El mundo está feliz hoy”, dijiste al contemplar los globos de colores, “y lo festeja arrojando confeti al aire”. Yo asentí observando lo mismo que tú. Un año más tarde, Alemania declaró la guerra.
Mientras te escribo esto, en mi mente se confunden dos imágenes opuestas: la de la noria girando con la risa de los pasajeros, con la de ahora, abandonada y triste, estancada en la soledad del parque; la de la Viena aristocrática de entonces, con sus plazas y majestuosos monumentos, con la ciudad derruida y solitaria, dividida entre los países vencedores; la de tu rostro sonriente del día de nuestro aniversario, con la del rostro desesperado mirándome desde el tren de deportados rumbo a un destino sin nombre. Fue la última vez que te vi.
Cuando me levanté para volver a casa, observé una bandada de pájaros cruzar el cielo de la tarde. Los seguí con la mirada preguntándome cómo podían avanzar hacia el horizonte sin miedo a lo que pudieran encontrar al final. Sentí una punzada de tristeza por la libertad que veía en ellos y que yo había perdido. A veces anhelo esa capacidad que tiene la Naturaleza de seguir su camino, de vivir al margen del devenir de la humanidad. ¿Podemos nosotros elegir nuestro destino o siempre estaremos sujetos a que otro nos lo imponga con su poder? ¿Cuál es el fin de nuestra existencia? ¿Para qué vivimos? ¿Es, acaso, el amor que nos une lo que nos aporta un sentido a nuestra vida? ¿O es, quizá, hacer el bien por los demás lo que llena de significado nuestros días? No hallo respuesta que me calme la conciencia. Quizá sea simplemente “vivir”, compartir con la familia y amigos nuestro tiempo la razón que nos impulsa a seguir adelante. 
Por cierto, ¿te acuerdas de aquel mirlo que cada tarde se posaba en la ventana del salón? No vas a creer que he vuelto a verlo. Cuando regresé del paseo por el Prater lo vi posado en el alféizar. Era el mismo mirlo, ese con una veta plateada en el ala derecha. Es increíble que todas las tardes haya acudido a su cita, ajeno a nuestra ausencia, ajeno a la guerra, como si nada hubiera alterado su rutina. Me acerqué con sigilo para no sorprenderlo y, al observarlo, me di cuenta de que nunca me había planteado por qué volvía al mismo sitio. ¿Por qué nuestra ventana, Helena? Tal vez sea porque le gusta contemplar su reflejo en el cristal. Al ver mi propia imagen, me hice la misma pregunta: ¿por qué siempre regreso a casa? ¿Cuál es la razón por la que me obligo a vivir cada día?
Como ves, son muchas las preguntas que me asolan estos días y pocas las respuestas que me alientan. Te echo de menos, Helena. La casa se me hace más vacía y grande en tu ausencia. Me despido deseando tu feliz regreso.
Te recuerda y te quiere,

Franz.

(Continuará)

sábado, 22 de diciembre de 2018

UN REGALO POR NAVIDAD



La Navidad es una época de regalos y por eso he querido regalaros este vídeo con el que felicitaros estas fiestas y desearos un Feliz Año 2019.
La Navidad es un momento que podemos aprovechar para disfrutar de unos días en familia, de compartir nuestro tiempo juntos, descansar en el calor del hogar, hacer balance del año que se acaba y de escribir nuestros propósitos para el siguiente.
En este vídeo os dejo doce acciones para poner en práctica estas minivacaciones y llenarnos del espíritu navideño. La música es un villancico del siglo XV titulado "De una raíz muy fina" y está interpretado al piano por mí.
¡Felices Fiestas!

miércoles, 17 de octubre de 2018

LA ÚLTIMA LIBERTAD: RELATO GANADOR DEL CERTAMEN "VILLA DE BAÑOS DE LA ENCINA"

Mi relato La última libertad se ha alzado con el primer premio del VII Certamen de Cuentos y Relatos que organiza el Ayuntamiento de Baños de la Encina. Doy las gracias al ayuntamiento de este precioso pueblo jienense por concederme este premio y por incentivar la creación literaria a través de la convocatoria de estos certámenes literarios.

La entrega de premios tuvo lugar en el Salón de Plenos del Ayuntamiento y fue un acto muy bonito, donde los ganadores y finalistas de las diferentes categorías literarias compartieron la lectura de sus obras con los familiares y demás asistentes del acto.
La idea principal que he querido plasmar en el relato es la libertad de decidir la actitud con la que afrontar los retos que nos propone la vida. Ya que no podemos cambiar el destino que se nos presenta en muchas ocasiones, sí podemos elegir la actitud para afrontarlo. Esa idea poderosa es la esencia del relato. Y, por ello, os invito a que leáis un extracto del mismo.

LA ÚLTIMA LIBERTAD

por Marta Isabel Rodríguez


El modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que este conlleva, le da muchas oportunidades –incluso bajo las circunstancias más difíciles– para añadir a su vida un sentido más profundo.
Víktor E. Frankl


                                                                                  Viena, 14 de junio de 1945

            Querida Helena:
Hace tiempo que deseo escribirte esta carta, pero mi mente no encontraba el sosiego necesario para que brotasen las palabras y, cuando estas al fin acudían, no alcanzaban a describir el amargo vacío, la desolación, el pesado tormento de un alma herida. ¿Cómo expresarte las profundas cicatrices que llevo en mi cuerpo? Desde que me liberaron y regresé a casa, mi existencia ha sido convivir con la apatía, la desidia y, sobre todo, el miedo. Un miedo incesante a todo y a nada: los gritos o voces que escucho desde la calle me recuerdan las órdenes e insultos que los kapos escupían sobre mi rostro; el mero silbido de la tetera hirviendo me devuelve por un momento al tren rumbo a Auschwitz, y lo peor es cuando llega la noche, temo despertarme y descubrir que sigo preso en el campo.
            Aún no he recibido noticias tuyas ni de tu familia. He escrito a todas las direcciones que conozco donde pudieras estar: al centro de desplazados de Belsen, al hospital de Berlín, al de Cracovia. Te he buscado en los hospicios y casas de refugiados de toda Viena, sin encontrarte. Cada día acudo a la Organización judía para preguntar por ti. Allí buscan a los familiares de los desplazados y han conseguido reunirme con mi hermano Alfred, el único que ha sobrevivido de mi familia. Los demás, mis padres, mi hermana…, sobra que te explique qué ha pasado con ellos. No quiero imaginar los horrores que habrán sufrido. Al menos me queda el consuelo de saber que Dios los ha acogido en su seno y que ahora disfrutan del Paraíso ganado en su paso por la Tierra.
¡Oh, Helena, cuántas atrocidades he visto y soportado! No consigo borrar de mi cabeza el rostro de Moritz, compañero de pupitre en la infancia y convertido en kapo en el campo. No perdía la ocasión de propinar golpes e insultos a los que estábamos bajo su mando. ¿Cómo puede la guerra desfigurar el alma de un hombre hasta tornarlo en monstruo? Muchos de los kapos eran judíos, mejor tratados que al resto, pero que al final tampoco se libraban de las cámaras de gas o de otros tormentos. Aún resuenan en mi cuerpo las patadas que recibí por su parte al creer que estaba holgazaneando cuando solo me secaba el sudor tras cavar para las vías del tren. A cada golpe le seguía un insulto. Su rasposa voz iba acompañada de un arranque de tos que intentaba disimular. Mis conocimientos de medicina me indicaban que Moritz estaba enfermo y que su dolencia se agravaría en unas semanas. Cuando me recuperé de los golpes, no volví a verlo por el campo. He de confesarte que fue de los pocos alivios que tuve dentro de aquella pesadilla.
Espero que tú no hayas pasado por tanto tormento. Lo que me mantuvo con vida durante esos dos horribles años fue la esperanza de volver a verte, de creer que estabas viva; pensar en ti era mi alimento para soportar aquel infierno. ¡Cuántas veces soñé con regresar a casa y abrazar de nuevo a mi familia! Imaginaba que llamaba al timbre y que tú me recibías con una sonrisa. La realidad me mostró la imagen amarga de la desilusión y la incertidumbre. Pero en el fondo de mi corazón sé que estás viva, que aún lates en algún lugar perdido y que pronto encontrarás el camino de regreso a casa.
            ¡Ah, nuestra casa! En los años que hemos estado presos, la han desvalijado. Se han llevado las cortinas, el colchón de la cama y los cojines del salón. Por suerte he encontrado una manta vieja y con ella duermo sobre los muelles del sofá. Menos mal que la casa sigue en pie y no está ocupada por otras personas. Estas dos últimas semanas la he estado ordenando y limpiando. Necesitaba tener mi mente ocupada en algo. Por eso he decidido utilizar mi despacho como consulta para ayudar a los que han regresado. La mayoría sufre de desnutrición, aunque no dispongo de material médico o medicinas, el hecho de atenderles, de escucharles, les aporta algo de consuelo en este caos de posguerra.
            Ayer vino a verme Bertha, la mujer de Oswald, el anticuario. Se acordó de que yo antes ejercía de médico en el hospital y me habló de un dolor agudo que le oprime el costado izquierdo cada noche. Tras explorarla y examinarla, no encontré signos de enfermedad o dolencia alguna. Cuando se lo hice saber, Bertha me miró a los ojos en silencio y después, sin pronunciar palabra alguna, se marchó. No hizo falta que me describiera ese dolor: lo que vi en su mirada me lo dijo todo. Su marido y su hijo no han sobrevivido a la guerra; ese dolor que le oprime el pecho no se irá nunca de su lado.
No sé por qué te cuento esto cuando no hallarás consuelo en estas palabras, sino una historia triste tras otra. Siempre nos quedará una herida en el alma que nunca cicatrizará. Cuando llega la noche, sentado en la oscuridad del salón, me ronda la misma pregunta: ¿cómo hemos podido hacernos esto? Hemos perdido la dignidad, la conciencia, la compasión. Me horroriza la deshumanización a la que hemos llegado las personas. ¿Podremos perdonar algún día tanto daño?
A mí solo me queda rezar a Dios para que guíe tus pasos y encuentres el camino de regreso a casa. Espero volver a abrazarte pronto.
                                                                                   Siempre tuyo,
                                                                                   Franz.


domingo, 18 de febrero de 2018

JUNTO AL FUEGO


 
     En las tardes de frío apetece encender la chimenea, sentarse en el sofá y tomar un té caliente mientras se disfruta de un buen libro. Hoy quiero compartir con vosotros la lectura de varios libros que toman los elementos de los cuentos populares como base imaginativa para su creación.

   El primero de ellos es la colección de Cuentos completos de Wilhem Hauff (Editorial Anaya, 2001), ilustrado por Alicia Cañas Cortázar. Es uno de los libros que más he disfrutado leyendo. Son cuentos imaginativos, de esos que casi nadie escribe ya, que recuerdan mucho a los cuentos maravillosos tradicionales y con cierta influencia de Las Mil y una noches. De hecho, el autor es de principios del siglo XIX, de la misma época que los hermanos Grimm y Andersen.
    Cuentos como El califa cigüeña, El rescate de Fátima, La suerte de Said, Historia del barco fantasma, son algunos de los títulos que encierra esta colección.

      El segundo de los libros es la novela Olvidado rey Gudú (Editorial Destino, 1996) de la escritora Ana María Matute. Un libro que narra la historia del reino de Olar a través de varias generaciones de reyes o gobernantes. La parte central del libro es la que más disfruté por ser la más divertida e incluso disparatada, donde se mezclan personajes creados por la autora con otros inspirados en los cuentos populares, especialmente Grimm y Andersen, que tanto admiraba la autora.
    Un libro emotivo, tierno, que nos invita a soñar, pero también triste, que pretende reflejar la injusticia y la crueldad presentes en la vida. Un cuento para adultos.

    
     La princesa que creía en cuentos de hadas (Ediciones Obelisco, 1997). De la mano de Marcia Grad nos llega esta fábula que narra la historia de Victoria, una princesa que sueña con casarse con un príncipe azul y vivir su propio cuento de hadas. Cuando todo eso sucede y parece que su sueño se ha hecho realidad, comienza a desplomarse su vida trozo a trozo: su matrimonio, sus sueños profesionales, incluso su propia identidad. Entonces, emprende un viaje de búsqueda por el Camino de la Verdad para comprender lo que le sucede.
   
   He de decir que me encontré con un libro muy diferente al que creía que iba a encontrar en un principio. Marcia Grad utiliza los elementos de los cuentos fantásticos para ofrecernos una historia de crecimiento personal, de búsqueda de la identidad y enseñarnos dónde mirar para reencontrarnos con lo que somos realmente.

     En la línea del anterior se encuentra El caballero de la armadura oxidada (Ediciones Obelisco, 1994), un relato que narra las aventuras de un caballero que no puede quitarse la coraza que durante tanto tiempo le ha defendido de los peligros a los que se ha enfrentado en su vida. El problema comienza cuando esa armadura le impide ver a su esposa y a su hijo con sus propios ojos, abrazarlos, e incluso alimentarse.

     El libro nos enseña, a través del viaje del caballero, a liberarnos de las barreras que nos impiden conocernos y amarnos a nosotros mismos para poder ser capaces de dar y recibir amor.


     Y ya por último, recomiendo leer mi libro Cuentos que me contaba mi abuela (Diputación de Jaén, 2016) para hacer más amenas estas tardes de invierno junto al fuego. Un libro que os invita a recuperar una parte de nuestro pasado, de revivir la infancia y rescatar de allí a los personajes, los lugares imaginarios y los sueños que no han de perderse.




domingo, 15 de octubre de 2017

MITOLOGÍA: EL MITO DE ORIÓN

En la mitología se pueden encontrar muchas historias provenientes de la tradición oral que escritores antiguos pusieron por escrito (Homero, Hesíodo, Ovidio, etc.). En muchos de estos mitos se inspiran los cuentos populares, en los que podemos encontrar personajes arquetípicos, tramas, hazañas y símbolos que se han mantenido a lo largo de los siglos.
La historia que narro a continuación, El mito de Orión, tiene un significado astronómico muy interesante, porque los principales personajes están representados por constelaciones que podemos identificar en el cielo nocturno.

El mito de Orión
Orión era un gigante cazador famoso por su belleza y extraordinaria fuerza. Según unos, era hijo de Poseidón, y poseía la facultad de andar sobre el mar, o bien, de caminar por su fondo (facultad heredada de su padre).
Según leyendas tardías, Orión era hijo de Hirieo, un viejo labrador que en una ocasión dio hospitalidad a Zeus, Poseidón y Hermes. Estos, agradecidos, le ofrecieron en recompensa la realización de un deseo que tuviera. Hirieo pidió un hijo. Entonces los dioses enterraron una piel de buey y la cubrieron de orina. Transcurridos nueve meses, nació Orión. Esta historia se debe a un juego de palabras entre "Orión" y "orina".
Orión tenía gran pasión por la caza, que satisfacía junto con su perro Sirio.

En la isla de Quíos
Casó primero con Side, la cual pretendía rivalizar en belleza con Hera, y por eso fue arrojada al Tártaro. Privado de su esposa, Orión se trasladó a la isla de Quíos, donde reinaba Enopión. Allí se enamoró de Mérope, hija de Enopión, el cual le prometió en matrimonio a su hija si limpiaba de fieras la isla. El cazador consintió, pero una vez cumplido el cometido, Enopión se negó a entregarle a su hija. El rey lo embriagó y, mientras estaba dormido, le saltó los ojos y lo arrojó a la orilla del mar.
El gigante supo por un oráculo que recuperaría la vista si caminaba hacia el sol. Orión, ciego, siguió el sonido del martillo de un cíclope hasta llegar a la isla de Lemnos. Y fue a la fragua de Hefesto (Vulcano) que, apiadándose de él, le entregó a Cedalión, uno de sus hombres.
Cargó a Cedalión sobre sus hombros y le pidió que lo guiase hacia el este. Orión recuperó la vista gracias a los rayos de Helio (el dios del sol). Fue allí donde Éos, la Aurora, se enamoró de él y lo raptó, trasladándolo a Delos. Luego corrió a vengarse de Enopión, pero no pudo alcanzarlo porque Hefesto (o quizás Dioniso) había construido para él una cámara subterránea donde se refugió.
Después formó parte del séquito de Ártemis (diosa de la caza), a la que acompañaba en sus cacerías.

Las Pléyades 
Las Pléyades eran hijas de Atlante y Pléyone, y eran compañeras de Ártemis. Orión se enamoró de ellas y las persiguió por las montañas de Beocia. Pero cuando estaba a punto de atraparlas, las ninfas rogaron a los dioses que las salvaran. Zeus se apiadó de ellas y las transformó en palomas, que volaron hacia el cielo y se convirtieron en estrellas.
En el firmamento nocturno pueden verse las Pléyades como un pequeño grupo de estrellas en la constelación de Tauro. Aunque el mito cuenta que son siete, se ven solo seis; pues una de ellas casó con un mortal (Sísifo), por eso se explica que su brillo sea inferior el de sus hermanas.

El final de Orión
La muerte de Orión es relatada en diferentes versiones.
Según unos, fue muerto por la propia Ártemis involuntariamente, influida por Apolo. Pero la tradición más difundida es que fue muerto por la picadura de un escorpión, enviado por la propia Ártemis. Asclepio trató de devolverlo a la vida, pero fue fulminado definitivamente por Zeus, que lo sumergió en el Hades, donde el gigante continúa cazando bestias salvajes al igual que hacía en vida.
Según versiones más corrientes, tanto Orión como el escorpión fueron trasladados al cielo y convertidos en constelaciones.
Orión brilla en las noches de invierno, vistiendo armadura de oro y una espada que cuelga de su cinto (lo que forma la nebulosa de Orión). Le sigue su perro Sirio (estrella de la constelación de Can Mayor), y huye eternamente de Escorpio. Cuando uno tiene su orto, el otro tiene su ocaso.



domingo, 23 de julio de 2017

OFICIOS ANTIGUOS

Después de un tiempo alejada de este blog, me gustaría seguir indagando sobre lo que podemos aprender a través de los cuentos populares. En entradas anteriores exponía que los cuentos nos abren una ventana a una época anterior a la nuestra y nos muestran cómo se vivía en esa época.
En esta entrada me gustaría hablar sobre los trabajos y oficios que aparecen en los cuentos y cómo muchos de esos oficios se han mantenido en la actualidad o bien se han perdido.
He aquí un listado de los que he encontrado en los cuentos:
Molinero: encargado de un molino harinero de agua.
Barbero: peluquero, arreglaba la barba y cortaba el pelo.
Sardinero: pescadero ambulante.
Arriero: persona que se dedicaba al transporte de mercancías con animales de carga.
Jornalero: trabajaba a jornal.
Lavandera: se dedicaba al lavado de la ropa en las orillas de los ríos o en lavaderos públicos. Muchas veces eran también planchadoras.
Boticario: farmacéutico, preparaba o vendía medicamentos o hierbas medicinales.
Quincallera/o: vendía objetos de metal de poco valor.
Hortelano: el que cultivaba las huertas.
Segador: el que se dedicaba a cortar la mies o la hierba con la hoz o la guadaña.
Hilandera: hilaba la lana cardada.
Nodriza: criaba o amamantaba a niños que no eran suyos, habitualmente de familias adineradas.
Herrero: labraba el hierro; fabricaba o trabajaba objetos de hierro.
Cazador: capturaba animales.
Costurera: cosía y remendaban prendas de vestir.
Alfarero: fabricaba vasijas de barro o arcilla.
Carpintero: trabajaba la madera.